6/05/2012


El socialismo: un gran movimiento de cultura

La pregunta aquí continúa siendo la misma que se planteó la militancia crítica de la tradición moderna durante todo el siglo XX: cómo se puede generar una cosmovisión cultural ampliada que beneficie y cambie la vida a los sujetos en su experiencia de vida cotidiana. Pero la cuestión es que realmente aquellos que se lo propusieron en los inicios del siglo XX, como parte de la vanguardia cultural del modernismo europeo, no lo lograron: los surrealistas y los dadaístas. ¿Cómo evitar este amargo abismo entre la alta cultura[3] - expresión de la cultura universal y humanista- y unas condiciones de vida perforadas por la marginalidad y la exclusión social? La solución no puede ser convertir a los sujetos que viven en condiciones marginales en cubículos depositarios de la alta cultura o de una supuesta cultura elevada. La solución no radica en amplificar sobre el sujeto una inmensa y aplastante información científico- cultural que oblitere por completo las condiciones de apropiación en que los sujetos se encuentran para recibir ese horizonte de saberes e informaciones, las condiciones en que se ha articulado la experiencia de los saberes propios, y el horizonte de expectativas que tienen los sujetos en cuanto a lo que reconocen como cultura.
Esta batalla del realismo utópico que implica una revolución cultural en el orden y el mundo de la vida del sujeto histórico, no se resuelve tensando o trenzando la cuerda entre la visión elitista y la populista. Y mucho menos generando un pathos de autodefensa desde sus extremos. Las grandes problemáticas que desafían a nuestra sociedad no se pueden combatir con elusiones sutiles de intelectuales remilgados ni tampoco con silencios activos amparados en la sonrisa sarcástica, generados por el elitismo intelectual[4]. No es precisamente la ironía mordaz, ni el sarcasmo resentido de héroe sufriente los que salvarán los abismos que se interponen en las contradicciones históricas de nuestra sociedad. En este sentido, se trata del amplísimo contexto de una sociedad que posee miles de organizaciones e instituciones civiles, las cuales imaginan y ejercen una forma complementaria y suplementaria de la praxis política. Por eso, la batalla es múltiple en el campo de las ideologías y de la construcción de la hegemonía, en donde hay  que plantearse además, una lucha permanente contra el resentimiento y el cinismo.
Los socialismos históricos han errado en la cuestión de que ya no los sujetos pertenecientes a las clases oprimidas, marginadas, subalternas, sino los mismos dirigentes de la militancia política, del gobierno y del estado no han sido en su mayoría hombres formados cultural y profesionalmente. No se trata de si han leído a Homero o a Thomas Mann, la poesía de Roque Dalton o la novelística de Carpentier; sino sobre todo si se encuentran en la disposición incorporada de ser hombres y mujeres abiertos al diálogo y al debate; no instrumentalizado por intereses propios de clase o grupo social al margen del resto de la sociedad con la cual incluso establecen cierto compromiso histórico y político. Si se encuentran abiertos a una comprensión racional dinámica y crítica de las relaciones sociales de poder y de saber, materiales y espirituales de la sociedad en su conjunto. Si se pueden enfrentar al inmenso desafío de saber y practicar honestamente su poder explícito con y dentro la heterogeneidad cultural y de la complejidad de lo social. No se trata estrictamente de una cultura libresca o letrada, sino de la posibilidad siempre abierta de reconocer al otro como parte de sí y reconocerse como parte del otro. La racionalidad política de una instrumentalización explícita de la sociedad al encontrarse con la racionalidad dialógica de la cultura como capacidad crítica y organizativa del sujeto histórico, sin dudas, genera conflictos y contradicciones. La cuestión política radica en que tal desafío que plantea la misma realidad en su complejidad, no puede quedar al margen de una explicitación y confrontación de la realidad por los propios sujetos implicados en una perspectiva socialista de resolución.
Ante el desafío cultural que debe plantearse un proyecto de sociedad socialista, interviene otra cuestión de tanto peso como el impulso de una revolución cultural: la cuestión ideológica. El socialismo ´”real” planteó la centralidad de la ideología en el proceso de transformación de la praxis, pero de paso cometió el error de remitirse a ella como recurso instrumental –no cultural- y  última definición que justifica la posición de un sujeto dentro del proyecto, y que define el conjunto de su existencia dentro del proyecto de la nación.
Y es que se fue estableciendo una oposición abstracta entre ideología y cultura. De tal modo, mutatis mutandi, la ideología pasó a ser el recurso estricto de posición para una responsabilidad en el gobierno y la administración, mientras la cultura se convirtió en el jardín en el que se paseaban los intelectuales y el aliviadero de las pobres almas del proletariado. Estas dos problemáticas pendientes se revierten y reproducen sobre la relación conflictiva y específica que existe entre el campo de poder y el campo intelectual, entre el campo político y el campo cultural. Sin embargo, la única relación productiva que puede existir entre estos dos campos es aquella en que ambos logren un espacio ampliado para su respectiva autonomía relativa.
Por otro lado, pero vinculado a la cuestión de la cultura, en el socialismo como proyecto de socialización democrática no puede existir un abismo entre educación y cultura. El capitalismo no tiene que plantearse la pregunta del milenio: cómo dotar a millones de mujeres y hombres que nunca serán “ricos” y de “buena cuna” con un horizonte ampliado y enriquecido de cultura. La única manera que puede iniciarse este proceso de socialización a largo plazo es con un proyecto educacional que logre incorporar contenidos de una concepción ampliada de la cultura en un sentido democrático y crítico, descolonizador y contrahegemónico respecto a las dinámicas dominantes del capitalismo transnacional y neoliberal. Sólo de allí emergerá una nueva cultura, donde Ernesto Guevara prefiguraba utópicamente al hombre nuevo.
¿Qué puede significar el hombre nuevo en el socialismo, sino haber ganado la posibilidad de ser un hombre culto y libre al mismo tiempo? Rosa Luxemburgo, paradigma de la lucha contra el fascismo y el capitalismo, expresaba con lucidez que el socialismo no era una cuestión de cuchillo y tenedor, sino un gran movimiento de cultura. Estas palabras, hablan sobre lo mucho que hay que excavar y apropiarnos, de una vez y consecuentemente, de un imaginario crítico y revolucionario en el marco de la tradición y la cultura socialista y humanista. Desgraciadamente esta expresión ha sido expoliada de su contexto original, y atrapada al vuelo por una interpretación docetista y maniqueísta que no la ha comprendido cabalmente. Desde luego, esta expresión que hasta ahora parece tomada al vuelo aparece en un contexto de condiciones para la lucha política y la organización partidista de la izquierda que no se puede desligar de tres elementos clave: la lucha contra el fascismo y la desvirtuación de la socialdemocracia, el marco organizativo de la Tercera Internacional y las definiciones estratégicas y tácticas que debía alcanzar el movimiento comunista internacional respecto a cómo avanzar hacia el socialismo. Concretamente en Reforma y Revolución, Rosa Luxemburgo plantea la discusión –inconclusa hasta nuestros días- de la relación específica entre el marco de definiciones tácticas y estratégicas de la revolución y el objetivo final del socialismo.
Ninguna sociedad que justiprecie la dignidad humana se resuelve en una posición estática de llegar e (im)plantar, repartir lo que hay, y llenarse el vientre; sacudirse las manos y dar media vuelta; pero sí de saber cómo utilizar los instrumentos para la sustentación y conservación de la vida. La apropiación efectiva de la cultura en un proceso histórico realmente existente, con su implementación y puesta en práctica por las instituciones y los sujetos, su compleja y difusa circulación en el imaginario instituyente de la sociedad, la capacidad de producirse, distribuirse y consumirse en un sistema combinado de relaciones sociales, políticas y recursos constituye el punto de partida para un necesario posicionamiento crítico y sistémico frente al concepto de cultura. Sólo así deja de habitar como entelequia y se convierte en un instrumento –quizás sutil, pero tangible- de orden intelectual y práctico, y prácticamente inevitable, a la hora de pensar el estado actual de la cosa pública.
La praxis histórica socialista, practicada por un movimiento comunista de alcance mundial, desarrolló desde la teoría marxista un horizonte de problemas y soluciones teórico-prácticas en relación a esta profunda tesis de la centralidad de la cultura en el proceso de producción y reproducción de la sociedad, de la significatividad y funcionalidad del recurso de la cultura en la constitución de lo social. Es digno mencionar la teoría del fetichismo de la mercancía en Marx, los estudios de Lenin acerca del Estado y la revolución, las investigaciones socioculturales y estéticas de la Escuela de Frankfurt, la perspectiva gramsciana de la hegemonía y sus estudios sobre la organización cultural y la cultura popular, los estudios culturales de la Escuela de Birmighan, los estudios culturales  latinoamericanos, los estudios contracoloniales y postcoloniales, la posición del Che Guevara en El socialismo y el hombre en Cuba, las dinámicas y profundas experiencias de revoluciones socialistas, con sus éxitos y fracasos, como la Revolución Bolchevique y la China Maoísta. La tradición socialista, la cual urge para la actual generación estudiarla desde una posible apropiación crítica y desde una visión de totalidad, constituye un corpus teórico- práctico plural y secular de profundas implicaciones y transformaciones en el imaginario colectivo y la praxis histórica de la sociedad contemporánea. Al tiempo que estudiar con qué profunda visión y apropiación, desde una tradición no marxista, pero desde una perspectiva crítica, aparece en la concepción martiana de su ensayo Nuestra América y en un ampliado campo de posiciones y definiciones en el pensamiento cubano y universal.
Si hemos de pensar seriamente una revolución cultural tenemos que contar con un capital simbólico ampliado –con la capacidad de su organización y producción- que nos permita ver cada vez más las posibilidades reales de llevarla a cabo. Para esto, uno de los puntos arquimédicos es la institución socialista de una praxis pedagógica revolucionaria; una praxis de socialización del conocimiento basada en el diálogo y el debate, en la participación y la transformación. No una institución burguesa que reproduzca una pedagogía bancaria en las memorias rasas de alumnos autistas, ni una pedagogía de trinchera que imponga sobre mentes silenciosas, el pacto invisible de una ideología carismática, sin capacidad de explicitación de sus contenidos.
No hay que ser precisamente un afiliado de los estudios postcoloniales, para que en esta hora de nuestra historia, nos demos cuenta que el imperialismo, el capitalismo, y la burguesía transnacional sólo pueden garantizar la efectividad de su hegemonía cuando las pautas sedimentadas y consolidadas por un imperialismo cognitivo y ético se reproducen en las prácticas y saberes de la vida cotidiana y en las políticas institucionales; en el conjunto dinámico y difuso de las prácticas culturales. Es necesario partir de un modo de apropiación de la cultura que no sea estrictamente contemplativo, a fuerza de caer en una lógica ilusoria de indeterminación. El socialismo en un proceso y un proyecto de sociedad que supone una alternativa civilizatoria anticapitalista en el marco íntegro de un sistema combinado y ampliado de nuevas relaciones sociales entre los hombres y las naciones que se producen para una existencia cada vez más lograda en el mundo.
Se trata más bien de la cuestión básica de cómo emplear el cuchillo y el tenedor, para sentarnos al banquete, distribuir adecuadamente los cubiertos y los alimentos, tomarlos con la suficiente medida que permita que aquellos alcancen para todos y para cada uno; y estos no se derramen y también alcancen para todos y a cada uno, surtir bien las mezclas. Hacer el ruido pertinente con los cubiertos y demorar el tiempo suficiente que garantice una digestión eficaz y placentera. Se trata de que un movimiento amplio y crítico de cultura sólo es posible cuando los sujetos partícipes de un proceso ganen cada vez más concreción en la realización de su existencia, y alcancen cada vez más la tierra firme ante el mar de contingencias que se experimenta inevitablemente en la praxis histórica.
Se trata de repensar y, de hecho, ir organizando un nuevo modo de practicar las relaciones de propiedad, y los modos de apropiación de los medios de producción por parte de los sujetos; de practicar el poder, y las relaciones de poder entre todas las instancias micro/ macro de la nación y la región, las instituciones y entre los propios sujetos; de practicar los saberes, desde los que se emplean en la academia y los centros de producción estratégica del Estado y los gobiernos, hasta los que se producen y reproducen en la vida cotidiana, Con una pertinente interrelación y combinación interdisciplinaria y orgánica. De practicar la paciencia y la imaginación en función de crear y negociar espacios y políticas de democratización del poder, la propiedad y los saberes desde un horizonte de acumulación cultural que hemos ganado entre todos; porque también lo hemos producido. Sólo así se puede comprender el socialismo como un inmenso e intenso movimiento de cultura, que tiene como máxima prioridad al sujeto como partícipe y artífice efectivo de una nueva dinámica macro/micropolítica de organización social. Y esto implica la creación de una nueva sensibilidad y formas culturales emancipatorias, así como una ética permanente del reconocimiento y del diálogo capaz de sostener el esfuerzo de una existencia cada vez más digna, autónoma y libre para el ser humano.
Es importante, entonces, partir del punto en el que se toma conciencia de que pronunciar el mundo, implica el qué, el cómo, y el dónde pertinentes, que me pongan en situación. De qué socialismo hablamos en tanto programa político y proyecto de sociedad, cómo emprender este proceso y dónde hacerlo, de manera que arraigue y por fin se realice. Hablamos de un socialismo cuyo dictum es la socialización democrática de una praxis política constitutiva de un sujeto de saber, capaz de ejercer cierto poder a favor de su emancipación individual y colectiva. Su modus operandi constituye la empresa fundamental donde hay que laborar, trabajar con manos fuertes y sabias, con un pensar crítico e imaginativo. Su locus, se inicia en la plaza, en el aula, en la casa, y en la calle, al mismo tiempo que en un parlamento o en los despachos institucionales.

Notas

[3] Aquí hablamos de alta cultura desde la relación establecida entre las poéticas de las vanguardias artísticas y la praxis vital de los sujetos. Pero la cultura debe ser vista en su totalidad dialéctica, los cual implica los procesos de negociación e hibridación entre la cultura ilustrada, la cultura popular y la cultura de masas, al mismo tiempo que como totalidad incluye la producción de signos y valores que construyen los sujetos en los ámbitos de producción y reproducción de sus prácticas sociales.

[4] En nuestra sociedad hay una larga tradición crítica respecto a los modos específicos en que han establecido y desarrollado las prácticas antiintelectualistas. Sería también fructífero ver como se genera a nivel de sentido común y de estructuras enquistadas, especialmente en el campo intelectual, las prácticas de un elitismo intelectualista que genera la misma calidad de prejuicios en relación con el saber.


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