6/28/2012



Declaración de Manolis Glezos, Presidente del Consejo Nacional para la Reclamación de la Deuda Alemana durante la Ocupación nazi para el Pueblo Griego.
Demoraron, pero finalmente encontraron una razón! La razón de los fascistas de Amanecer Dorado con respecto a la demanda de la deuda alemana con el pueblo griego.
Pero estos fascistas no son patriotas! ¡No permitan que se burlen delante de nuestros ojos y nuestros oídos! Simplemente son admiradores de Hitler que no vacilaron en seguir la línea de los gobiernos fascistas, los cuales jamás han negado la deuda y la naturaleza contractual del préstamo. Incluso el propio Hitler había reconocido no sólo los préstamos para el Tercer Reich del Banco de Grecia, y dio orden para iniciar el pago, tal como estaba. Los nazis en abril de 1943 comenzaron a devolver el préstamo y hasta septiembre 1944 pagaron algunas cuotas.
Por lo tanto, sus sucesores no tienen problemas en explotar incluso esta cuestión. Sólo que los nazis no estaban ni están interesados en los miles de griegos muertos por hambruna que sucumbieron durante la ocupación, lo cual para ellos no era más que un simple “daño colateral»… Nunca dudaron en apretar el gatillo contra los griegos cuyo único crimen era que querían que su país fuera liberado del yugo nazi.
Nosotros, en nombre de estos muertos hablamos, y en nombre de ellos continuamos la lucha en contra de los fascistas. Los admiradores de Hitler hablan de dinero hoy en día. Nosotros, en cambio, hablamos sobre personas.

(Una breve traducción del griego sobre una declaración de Manolis Glezos, que habla sobre la dimensión histórica de esta significativa personalidad, sobre su patriotismo y su incansable lucha contra el fascismo y por el bien de su patria. La DECLARACIÓN es tomada de http://www.left.gr, página web, con fecha del 12 de junio de 2012.)

6/05/2012


El socialismo: un gran movimiento de cultura

La pregunta aquí continúa siendo la misma que se planteó la militancia crítica de la tradición moderna durante todo el siglo XX: cómo se puede generar una cosmovisión cultural ampliada que beneficie y cambie la vida a los sujetos en su experiencia de vida cotidiana. Pero la cuestión es que realmente aquellos que se lo propusieron en los inicios del siglo XX, como parte de la vanguardia cultural del modernismo europeo, no lo lograron: los surrealistas y los dadaístas. ¿Cómo evitar este amargo abismo entre la alta cultura[3] - expresión de la cultura universal y humanista- y unas condiciones de vida perforadas por la marginalidad y la exclusión social? La solución no puede ser convertir a los sujetos que viven en condiciones marginales en cubículos depositarios de la alta cultura o de una supuesta cultura elevada. La solución no radica en amplificar sobre el sujeto una inmensa y aplastante información científico- cultural que oblitere por completo las condiciones de apropiación en que los sujetos se encuentran para recibir ese horizonte de saberes e informaciones, las condiciones en que se ha articulado la experiencia de los saberes propios, y el horizonte de expectativas que tienen los sujetos en cuanto a lo que reconocen como cultura.
Esta batalla del realismo utópico que implica una revolución cultural en el orden y el mundo de la vida del sujeto histórico, no se resuelve tensando o trenzando la cuerda entre la visión elitista y la populista. Y mucho menos generando un pathos de autodefensa desde sus extremos. Las grandes problemáticas que desafían a nuestra sociedad no se pueden combatir con elusiones sutiles de intelectuales remilgados ni tampoco con silencios activos amparados en la sonrisa sarcástica, generados por el elitismo intelectual[4]. No es precisamente la ironía mordaz, ni el sarcasmo resentido de héroe sufriente los que salvarán los abismos que se interponen en las contradicciones históricas de nuestra sociedad. En este sentido, se trata del amplísimo contexto de una sociedad que posee miles de organizaciones e instituciones civiles, las cuales imaginan y ejercen una forma complementaria y suplementaria de la praxis política. Por eso, la batalla es múltiple en el campo de las ideologías y de la construcción de la hegemonía, en donde hay  que plantearse además, una lucha permanente contra el resentimiento y el cinismo.
Los socialismos históricos han errado en la cuestión de que ya no los sujetos pertenecientes a las clases oprimidas, marginadas, subalternas, sino los mismos dirigentes de la militancia política, del gobierno y del estado no han sido en su mayoría hombres formados cultural y profesionalmente. No se trata de si han leído a Homero o a Thomas Mann, la poesía de Roque Dalton o la novelística de Carpentier; sino sobre todo si se encuentran en la disposición incorporada de ser hombres y mujeres abiertos al diálogo y al debate; no instrumentalizado por intereses propios de clase o grupo social al margen del resto de la sociedad con la cual incluso establecen cierto compromiso histórico y político. Si se encuentran abiertos a una comprensión racional dinámica y crítica de las relaciones sociales de poder y de saber, materiales y espirituales de la sociedad en su conjunto. Si se pueden enfrentar al inmenso desafío de saber y practicar honestamente su poder explícito con y dentro la heterogeneidad cultural y de la complejidad de lo social. No se trata estrictamente de una cultura libresca o letrada, sino de la posibilidad siempre abierta de reconocer al otro como parte de sí y reconocerse como parte del otro. La racionalidad política de una instrumentalización explícita de la sociedad al encontrarse con la racionalidad dialógica de la cultura como capacidad crítica y organizativa del sujeto histórico, sin dudas, genera conflictos y contradicciones. La cuestión política radica en que tal desafío que plantea la misma realidad en su complejidad, no puede quedar al margen de una explicitación y confrontación de la realidad por los propios sujetos implicados en una perspectiva socialista de resolución.
Ante el desafío cultural que debe plantearse un proyecto de sociedad socialista, interviene otra cuestión de tanto peso como el impulso de una revolución cultural: la cuestión ideológica. El socialismo ´”real” planteó la centralidad de la ideología en el proceso de transformación de la praxis, pero de paso cometió el error de remitirse a ella como recurso instrumental –no cultural- y  última definición que justifica la posición de un sujeto dentro del proyecto, y que define el conjunto de su existencia dentro del proyecto de la nación.
Y es que se fue estableciendo una oposición abstracta entre ideología y cultura. De tal modo, mutatis mutandi, la ideología pasó a ser el recurso estricto de posición para una responsabilidad en el gobierno y la administración, mientras la cultura se convirtió en el jardín en el que se paseaban los intelectuales y el aliviadero de las pobres almas del proletariado. Estas dos problemáticas pendientes se revierten y reproducen sobre la relación conflictiva y específica que existe entre el campo de poder y el campo intelectual, entre el campo político y el campo cultural. Sin embargo, la única relación productiva que puede existir entre estos dos campos es aquella en que ambos logren un espacio ampliado para su respectiva autonomía relativa.
Por otro lado, pero vinculado a la cuestión de la cultura, en el socialismo como proyecto de socialización democrática no puede existir un abismo entre educación y cultura. El capitalismo no tiene que plantearse la pregunta del milenio: cómo dotar a millones de mujeres y hombres que nunca serán “ricos” y de “buena cuna” con un horizonte ampliado y enriquecido de cultura. La única manera que puede iniciarse este proceso de socialización a largo plazo es con un proyecto educacional que logre incorporar contenidos de una concepción ampliada de la cultura en un sentido democrático y crítico, descolonizador y contrahegemónico respecto a las dinámicas dominantes del capitalismo transnacional y neoliberal. Sólo de allí emergerá una nueva cultura, donde Ernesto Guevara prefiguraba utópicamente al hombre nuevo.
¿Qué puede significar el hombre nuevo en el socialismo, sino haber ganado la posibilidad de ser un hombre culto y libre al mismo tiempo? Rosa Luxemburgo, paradigma de la lucha contra el fascismo y el capitalismo, expresaba con lucidez que el socialismo no era una cuestión de cuchillo y tenedor, sino un gran movimiento de cultura. Estas palabras, hablan sobre lo mucho que hay que excavar y apropiarnos, de una vez y consecuentemente, de un imaginario crítico y revolucionario en el marco de la tradición y la cultura socialista y humanista. Desgraciadamente esta expresión ha sido expoliada de su contexto original, y atrapada al vuelo por una interpretación docetista y maniqueísta que no la ha comprendido cabalmente. Desde luego, esta expresión que hasta ahora parece tomada al vuelo aparece en un contexto de condiciones para la lucha política y la organización partidista de la izquierda que no se puede desligar de tres elementos clave: la lucha contra el fascismo y la desvirtuación de la socialdemocracia, el marco organizativo de la Tercera Internacional y las definiciones estratégicas y tácticas que debía alcanzar el movimiento comunista internacional respecto a cómo avanzar hacia el socialismo. Concretamente en Reforma y Revolución, Rosa Luxemburgo plantea la discusión –inconclusa hasta nuestros días- de la relación específica entre el marco de definiciones tácticas y estratégicas de la revolución y el objetivo final del socialismo.
Ninguna sociedad que justiprecie la dignidad humana se resuelve en una posición estática de llegar e (im)plantar, repartir lo que hay, y llenarse el vientre; sacudirse las manos y dar media vuelta; pero sí de saber cómo utilizar los instrumentos para la sustentación y conservación de la vida. La apropiación efectiva de la cultura en un proceso histórico realmente existente, con su implementación y puesta en práctica por las instituciones y los sujetos, su compleja y difusa circulación en el imaginario instituyente de la sociedad, la capacidad de producirse, distribuirse y consumirse en un sistema combinado de relaciones sociales, políticas y recursos constituye el punto de partida para un necesario posicionamiento crítico y sistémico frente al concepto de cultura. Sólo así deja de habitar como entelequia y se convierte en un instrumento –quizás sutil, pero tangible- de orden intelectual y práctico, y prácticamente inevitable, a la hora de pensar el estado actual de la cosa pública.
La praxis histórica socialista, practicada por un movimiento comunista de alcance mundial, desarrolló desde la teoría marxista un horizonte de problemas y soluciones teórico-prácticas en relación a esta profunda tesis de la centralidad de la cultura en el proceso de producción y reproducción de la sociedad, de la significatividad y funcionalidad del recurso de la cultura en la constitución de lo social. Es digno mencionar la teoría del fetichismo de la mercancía en Marx, los estudios de Lenin acerca del Estado y la revolución, las investigaciones socioculturales y estéticas de la Escuela de Frankfurt, la perspectiva gramsciana de la hegemonía y sus estudios sobre la organización cultural y la cultura popular, los estudios culturales de la Escuela de Birmighan, los estudios culturales  latinoamericanos, los estudios contracoloniales y postcoloniales, la posición del Che Guevara en El socialismo y el hombre en Cuba, las dinámicas y profundas experiencias de revoluciones socialistas, con sus éxitos y fracasos, como la Revolución Bolchevique y la China Maoísta. La tradición socialista, la cual urge para la actual generación estudiarla desde una posible apropiación crítica y desde una visión de totalidad, constituye un corpus teórico- práctico plural y secular de profundas implicaciones y transformaciones en el imaginario colectivo y la praxis histórica de la sociedad contemporánea. Al tiempo que estudiar con qué profunda visión y apropiación, desde una tradición no marxista, pero desde una perspectiva crítica, aparece en la concepción martiana de su ensayo Nuestra América y en un ampliado campo de posiciones y definiciones en el pensamiento cubano y universal.
Si hemos de pensar seriamente una revolución cultural tenemos que contar con un capital simbólico ampliado –con la capacidad de su organización y producción- que nos permita ver cada vez más las posibilidades reales de llevarla a cabo. Para esto, uno de los puntos arquimédicos es la institución socialista de una praxis pedagógica revolucionaria; una praxis de socialización del conocimiento basada en el diálogo y el debate, en la participación y la transformación. No una institución burguesa que reproduzca una pedagogía bancaria en las memorias rasas de alumnos autistas, ni una pedagogía de trinchera que imponga sobre mentes silenciosas, el pacto invisible de una ideología carismática, sin capacidad de explicitación de sus contenidos.
No hay que ser precisamente un afiliado de los estudios postcoloniales, para que en esta hora de nuestra historia, nos demos cuenta que el imperialismo, el capitalismo, y la burguesía transnacional sólo pueden garantizar la efectividad de su hegemonía cuando las pautas sedimentadas y consolidadas por un imperialismo cognitivo y ético se reproducen en las prácticas y saberes de la vida cotidiana y en las políticas institucionales; en el conjunto dinámico y difuso de las prácticas culturales. Es necesario partir de un modo de apropiación de la cultura que no sea estrictamente contemplativo, a fuerza de caer en una lógica ilusoria de indeterminación. El socialismo en un proceso y un proyecto de sociedad que supone una alternativa civilizatoria anticapitalista en el marco íntegro de un sistema combinado y ampliado de nuevas relaciones sociales entre los hombres y las naciones que se producen para una existencia cada vez más lograda en el mundo.
Se trata más bien de la cuestión básica de cómo emplear el cuchillo y el tenedor, para sentarnos al banquete, distribuir adecuadamente los cubiertos y los alimentos, tomarlos con la suficiente medida que permita que aquellos alcancen para todos y para cada uno; y estos no se derramen y también alcancen para todos y a cada uno, surtir bien las mezclas. Hacer el ruido pertinente con los cubiertos y demorar el tiempo suficiente que garantice una digestión eficaz y placentera. Se trata de que un movimiento amplio y crítico de cultura sólo es posible cuando los sujetos partícipes de un proceso ganen cada vez más concreción en la realización de su existencia, y alcancen cada vez más la tierra firme ante el mar de contingencias que se experimenta inevitablemente en la praxis histórica.
Se trata de repensar y, de hecho, ir organizando un nuevo modo de practicar las relaciones de propiedad, y los modos de apropiación de los medios de producción por parte de los sujetos; de practicar el poder, y las relaciones de poder entre todas las instancias micro/ macro de la nación y la región, las instituciones y entre los propios sujetos; de practicar los saberes, desde los que se emplean en la academia y los centros de producción estratégica del Estado y los gobiernos, hasta los que se producen y reproducen en la vida cotidiana, Con una pertinente interrelación y combinación interdisciplinaria y orgánica. De practicar la paciencia y la imaginación en función de crear y negociar espacios y políticas de democratización del poder, la propiedad y los saberes desde un horizonte de acumulación cultural que hemos ganado entre todos; porque también lo hemos producido. Sólo así se puede comprender el socialismo como un inmenso e intenso movimiento de cultura, que tiene como máxima prioridad al sujeto como partícipe y artífice efectivo de una nueva dinámica macro/micropolítica de organización social. Y esto implica la creación de una nueva sensibilidad y formas culturales emancipatorias, así como una ética permanente del reconocimiento y del diálogo capaz de sostener el esfuerzo de una existencia cada vez más digna, autónoma y libre para el ser humano.
Es importante, entonces, partir del punto en el que se toma conciencia de que pronunciar el mundo, implica el qué, el cómo, y el dónde pertinentes, que me pongan en situación. De qué socialismo hablamos en tanto programa político y proyecto de sociedad, cómo emprender este proceso y dónde hacerlo, de manera que arraigue y por fin se realice. Hablamos de un socialismo cuyo dictum es la socialización democrática de una praxis política constitutiva de un sujeto de saber, capaz de ejercer cierto poder a favor de su emancipación individual y colectiva. Su modus operandi constituye la empresa fundamental donde hay que laborar, trabajar con manos fuertes y sabias, con un pensar crítico e imaginativo. Su locus, se inicia en la plaza, en el aula, en la casa, y en la calle, al mismo tiempo que en un parlamento o en los despachos institucionales.

Notas

[3] Aquí hablamos de alta cultura desde la relación establecida entre las poéticas de las vanguardias artísticas y la praxis vital de los sujetos. Pero la cultura debe ser vista en su totalidad dialéctica, los cual implica los procesos de negociación e hibridación entre la cultura ilustrada, la cultura popular y la cultura de masas, al mismo tiempo que como totalidad incluye la producción de signos y valores que construyen los sujetos en los ámbitos de producción y reproducción de sus prácticas sociales.

[4] En nuestra sociedad hay una larga tradición crítica respecto a los modos específicos en que han establecido y desarrollado las prácticas antiintelectualistas. Sería también fructífero ver como se genera a nivel de sentido común y de estructuras enquistadas, especialmente en el campo intelectual, las prácticas de un elitismo intelectualista que genera la misma calidad de prejuicios en relación con el saber.



El socialismo y el hombre en Cuba
Sobre el sujeto político y el socialismo en Cuna a inicios del siglo XXI: nuestra generación habla

¿Por qué hoy los jóvenes cubanos hablarían con pasión y razón acerca del socialismo? Acompañados por la generación de nuestros padres, los cuales atribulados por la crisis sistémica de una nación “venida a menos”, y por un proyecto de nación en bancarrota; esperanzados quizás por la única razón de que tienen el tiempo contado para saber y poder hacer una revolución más pensadora y fluida dentro de una revolución trabada en el plasma de miles de contradicciones; un socialismo cada vez más participativo y democrático, dentro y fuera de un socialismo cada vez más estatista; una cultura más libertaria y descolonizadora que nos permita transformar nuestros prejuicios y experiencias a favor de ganar la capacidad que tendría cada sujeto de pensar un poco más por sí mismo, y que a cada cosa se le conceda el derecho a su existencia histórica.
¿Por qué ahora podría eclosionar en el habla cotidiana, en la insurgente y difusa opinión pública, un distanciamiento de la simple queja y la fábula nostálgica al tiempo que un acercamiento cada vez más crítico y propositivo ante los problemas que enfrentamos como sociedad? Diríamos que tal eclosión tendería a focalizar, localizar de manera crítica los problemas candentes y apremiantes que enfrentamos en la vida cotidiana, en la vida pública de la sociedad, y las posibles soluciones a la situación de crisis que sostiene la Isla. A favor de adoptar una posición política cada vez más explícita de compromiso con un proyecto social de nación viable. Quizás la razón sea la estricta exigencia histórica, siempre digna y posible, para cualquiera de los que nacimos dentro de la Revolución, y que aún no hemos renunciado a vivir en una nación que se ha propuesto que cada hombre tenga la dignidad de su pan y de su palabra, sin fruncir el ceño, de vergüenza o resentimiento. Sin embargo, tal propuesta, esos sueños-todavía se nos hace más claro a las generaciones posrevolucionarias y a la generación post-Castro, que se desvaneció prácticamente desde el principio.  
¿Por qué hoy clamamos por una generación revolucionaria (despierta), cada vez más numerosa (más unida que la unión que no hace la fuerza), que se disponga a repensar el modo de hacer sociedad que hemos heredado? Que, sin dudas, cuente con esa herencia para situarnos en la encrucijada en la que no habrá más remedio que redefinir nuestra intención y mostrar la capacidad de realizar el socialismo por el tiempo que nos ha tocado vivir; que conspire y batalle con las ideas, con una imaginación y paciencia políticas que nos permita darnos cuenta quiénes son los reales contrincantes del proyecto socialista y del poder revolucionario; que transpire la confianza que se nos ha quitado para hacer nuestro trazo en el mapa político- cultural de este caimán embelesado por miles de cantos de sirenas (que no precisamente vienen de la costa del lado de allá). 
Desde hace muchas décadas sabemos que el socialismo resultó un fracaso, nuestra generación debe saber que por la misma razón, tampoco es impostergable. El socialismo democrático, desde luego. No el socialismo stalinista, obrerista, estatista, fidelista, prosoviético, real o realmente existente, autoritario o despótico, de pachanga o caribeño, chovinista o autárquico, totalitario... como quiera que se le llame. La misma pinta llevan todos, y de la misma cosa se trata. De prohibirle al individuo sus libertades con coartadas de todo tipo, de prohibirle a la sociedad organizarse por sí misma. 
Hablamos de una generación en fase de despertar, que tiene que deconstruir (y aprender a deconstruir críticamente para construir de acuerdo a las necesidades crecientes y nuevas que realmente hace falta dentro del proyecto de sociedad que deseamos entre todos): una constelación de prácticas basadas en la pronunciación y apropiación del mundo sobre la base de la libertad y la dignidad. 
Con qué rostro se puede sostener qué es legítimo pillar al Estado y a la sociedad civil, dejando dicho entre líneas que todo se debe a una culpa metafísica signada por el bloqueo del Imperio. Cómo hemos llegado a refrenar nuestra indignación cuando el policía violenta al ciudadano por la sencilla razón de poseer un matiz pronunciado de piel o por su elección sexual. Cómo admitirnos que el delegado del municipio y de la base se conviertan en marionetas que acatan las decisiones que caen en picada, y aguanta las peticiones del pueblo trabajador, de manera tal, que lo que viene de arriba cristalice como inexorable tarea de choque e inmediata y, lo que viene de abajo se acuse como una demanda con solución a largo plazo o insoluble. Hasta que punto y límite es condición de posibilidad para ejercer la libertad personal y la autonomía colectiva; si la cuestión medular de la unidad e  identidad nacional, la sostenibilidad de la revolución cubana y el proyecto socialista radica en que sólo se puede ser más revolucionario, más socialista, más cubano y más autónomo, en la medida en que nos lo permita el mismo Imperio. La duda insoportable de que por causa del bloqueo imperial y de las fuerzas malignas del capitalismo transnacional, estemos obligados a reproducir sus propias prácticas imperiales bajo el tamiz de cierto mimetismo colonial que hasta cierto punto nos compromete, y una visión exogenista que de cierta manera hemos producido, en vez construir más alternativas emancipatorias endógenas de cara no sólo al Imperio sino a nosotros mismos, le puede quitar el sueño a más de un revolucionario.
Cómo soportar que el militante te aco(u)se en una esquina de diversionismo ideológico, como si se tratase de un enfermo que ha de avergonzarse por pensar de manera diferente, y él un inquisidor que inocula la moralina que custodia y garantiza el buen pensar. No existen “problemas ideológicos” más que cuando la ideología en el campo mismo de la hegemonía se convierte en el problema central de la praxis política de una revolución contrahegemónica. El problema ideológico no es estrictamente moral, pero la práctica de la moralidad en la cosa pública e incluso, de algún modo, en la cosa privada, si puede ser una cuestión ideológica. De qué otro modo se puede entender que hombres y mujeres de larga data en la lucha revolucionaria o simplemente en su experiencia de vida dentro de una revolución socialista que exalta la justicia social y la fraternidad, se comporten racista, sexista o simplemente despectivamente frente a cualquier situación humana. Con la consabida implicación social que en nuestra sociedad puede arrojar, cuando sabemos la correspondencia axiológica que en nuestra sociedad existe entre la militancia política y la responsabilidad social.
Cómo es posible que en una nación, con una cultura política revolucionaria consolidada a lo largo de casi doscientos años, se preserve y potencie una retórica agresiva en la vida cotidiana, en la que los triunfales y bienpensantes que no se “marcan” son revolucionarios, frente a los que caen en desgracia por ser disidentes, escoria y gusanos; cuando lo que realmente hacen –salvo determinadas excepciones y grupos de excepción- es reflexionar y pensar en colectivo la misma cosa pública, luchando a brazo partido por su propia vida, puesto que evidentemente no cobran un centavo por ninguna mafia que compita en el chanchullo político anexionista. Dónde está la capacidad de distinción que permite que se preserve la dimensión crítica que permita al socialismo desarrollarse como un proceso que no se interrumpa constantemente por la sospecha permanente. Entonces, no sería tan difícil darnos cuenta, luego de una crisis de regresión económica sistemática, cuánto hemos fallado a la imaginación política y poética para salir de nuestro empobrecimiento material y espiritual, palpable con cifras y sin ellas en la sociedad realmente existente. En primer lugar caer en la cuenta que estamos viviendo un proceso en el que todos hemos sido de algún modo víctimas y victimarios; rehenes de una estructuración ideológica donde muchos términos se vuelven ambiguos y sutilmente escandalosos.
Estamos en un punto de inflexión donde vemos salir al país de su peor debacle económica a través de un espejismo que supone la latencia de crecimientos desajustados en la reestructuración económica del país y una creciente deslegitimación y desmotivación en el ámbito de la ideología. La proyección pública del imaginario político no tiene mucho tiempo para detenerse en el recuento nostálgico y parvulario, de la merienda escolar de los ochenta o los largos ayunos y apagones de los noventa. Ni en la fabulación acerca de un futuro que no nos toca y que realmente no existe. La tarea política inmediata radica en encontrar en el grado crítico de la praxis política y cultural nuestra capacidad de supervivencia y de nuestra imaginación colectiva la posibilidad concreta de apoderarnos de nuestra sociedad en el presente.
Hoy sólo es posible salvar las conquistas del socialismo, si ante todo se solucionan las contradicciones generadas en el contexto de surgimiento y desarrollo del socialismo en Cuba; si se toma una visión histórica de larga lente que de cuenta del socialismo cubano como una variante histórica y creativa específica del socialismo mundial; y nos adentremos en un horizonte teórico- práctico de transformación de nuestras premisas, prejuicios, prácticas, concepciones y estrategias en el contexto sistemático de un debate real, público, democrático, crítico y sostenido. Hay que conquistar todo el socialismo de nuevo, sin sacar cuentas predeterminadas en una balanza de logros y yerros. Esto significa reducir al máximo los vestigios del colonialismo, las dinámicas liberalistas y neoliberales de la burguesía reacomodada, el adocenamiento y la hiperinflación de los sectores burocráticos y profesionales, y el empantanamiento de la acción organizadora del Estado.
Hay sólo una mínima razón para hablar, más de lo que el pensamiento piensa, lo que la lengua calla y por la que el corazón sufre: el rompimiento de los ideales no puede paralizarse en una persistencia cansina del ideal por sí mismo, incontrastable con la dura realidad. Tiene que efectuarse una batalla campal de redefinición de los ideales sobre la base del reconocimiento de un mundo escindido, de una sociedad puesta en crisis. Tanta solidez tiene el conflicto como una tragedia, por lo menos en clave política: la división macrosocial que generó desigualdades concretas y que han provocado un malestar insoportable en el conjunto de la sociedad, puede hoy verse sin lentes y decirse sin dobleces.
La masa social crítica que exige hoy una solución política, económica y cultural en el contexto del socialismo cubano se las ha de ver con aquellos que han sido más afectados profundamente en las últimas dos décadas en la saga histórica de la revolución cubana. Una masa crítica que ningún proyecto socialista puede solucionar con radicales ni despejes, a fuerza de cesar como proyecto político y proceso revolucionarios: los que han sido afectados como sujetos reales dentro de un proyecto socialista de largo alcance, que hoy cumple medio siglo son estos: los trabajadores, los intelectuales, los estudiantes, los negros, los orientales, las mujeres y los homosexuales. Resulta la inmensa mayoría de los que viven hoy en este país: esto significa que el socialismo y el hombre en Cuba están en plena crisis y es urgente su reformulación práctico- teórica.
La definición democrática del poder revolucionario que, en los años 60´, se articuló desde el contexto de un nacionalismo revolucionario vinculado a un socialismo marxista contracolonial, sólo se puede comprender en un horizonte de formación ideológica y cultural y de transformación social de larga duración. A esa historia de sobresaltos, revoluciones, sacrificios, intervenciones y lucidez no se puede renunciar. Hay que reconvertirla en poder social, relato cotidiano e imaginario instituyente de nuestra sociedad. Desde allí, desde ese tiempo de fundación hay unas interrogantes a nuestro presente: ¿Cómo la concepción básica del patriotismo legada por la tradición de luchas independentistas y antiimperialistas que cristaliza en la palabra martiana de Patria es Humanidad, y la concepción básica del socialismo legada por una tradición de luchas basadas en el internacionalismo y la democracia hubo de convertirse en lo que presenciamos hoy como resultado de todo medio siglo de construcción de una nueva sociedad?
El nacionalismo revolucionario, a través de contradicciones agudizadas y nunca esclarecidas en la esfera pública, sujetas sólo a una indiscutible dignidad de autodeterminación nacional engendró un autarquismo chovinista, al tiempo que el socialismo con una larga tradición de múltiples visiones y conquistas, recaló en un socialismo de Estado obturado por un marxismo dogmático. El autarquismo chovinista y el marxismo tribunario y dogmático produjeron una lógica en el espacio de las políticas públicas y el sentido común que impregnó la base de la sociedad, generando un conjunto de relaciones entre Estado y sociedad civil, perniciosas para la acumulación y reproducción socialista de la sociedad. Una lógica de fragmentación y exclusión en la que cada vez más se reduciría el horizonte de aquellos que podían definir lo revolucionario y, de paso, definirse como revolucionarios, frente a aquellos que podían ejercer el poder en la construcción del proyecto de sociedad.
La complejidad que implica comprender la hegemonía socialista parte de la capacidad real que la sociedad tenga de convertir la relación entre la capacidad de decir y definir el poder revolucionario y la capacidad de ejercerlo como poder constituyente en una relación orgánica dentro de la sociedad; y no en una antinomia suprahistórica en el plano de la abstracción especulativa. Las disyunciones suprahistóricas de la teoría marxista que hasta ahora se han preservado no son sólo materialismo-idealismo, trascendencia-inmanencia: estas a mi juicio un marxista las puede superar con cierta dignidad teórica en cuestiones de segundos. El problema radica en que después de 150 años de puesta en práctica de teoría marxista y práctica socialista aún se estén reproduciendo estas disyunciones sin darles una solución dialéctica y estructural: socialismo /mercado, reforma/revolución, propiedad/poder, y otras. La lista es larga y pesa a nivel social en el modo en que se piensa y se pone en práctica la organización de la sociedad.
Evidentemente, un proyecto como este tiene una constitución política basada en una combinación dialéctica de principios que lo animan y prácticas que lo materializan. Los conceptos más caros para cada cubano que le tocó vivir y nacer bajo este proyecto son tres: Patria, Revolución y Socialismo. Aquí renace el Logos de la Nación, su Ley, su Historia y su Meta a partir del Triunfo Revolucionario. Todo delirio y entusiasmo, toda lucidez y razón de ser, tuvo que renacer con estas caras palabras, convertidas en conjuros, consignas, imágenes: símbolos máximos en el orden de lo que se dice y de lo que se puede hacer. La historia de nuestra nación ha sido un devenir revolucionario hacia la realización de la plena dignidad y la justicia social para todos los cubanos. Esta combinación sintáctica y plataforma ideológica se resolvió en un inicio con la ampliación del poder político en la base a partir de un conjunto de acciones que fueron asumidas por derecho propio, en el contexto de una nación con patria soberana y de un socialismo comprometido con las causas del Tercer Mundo.
Pero donde hay luz, hay sombras. También hubo una ruptura del poder revolucionario. La lógica de fragmentación y exclusión- no es otra que la de la concentración del poder social de la mayoría en las manos y las mentes de una minoría- es producto de las contradicciones de la antinomia capitalista capital/ trabajo. Es decir, la concentración del capital social y su desvirtuación-deformación en manos de una tecno-burocracia emergente, frente una praxis social reconducida al cumplimiento de tareas casi siempre asignadas verticalmente y a la alienación política de su accionar colectivo e individual en una gestión autónoma y colectiva de la sociedad. El capital social constituye el conjunto de relaciones simbólicas, ideológicas, económicas y políticas que se produce y reproduce en la sociedad. Muchas fuerzas -tanto de la estructura sociopolítica como del imaginario sociocultural instituido- mediaron en el deslizamiento.
La figura apasionada y polémica del revolucionario fue vencida por la serenidad del funcionario y la intransigencia del “cuadro”. Esto se explica en el pasaje que va desde una revolución triunfadora y pensadora, en la que se había otorgado por derecho propio una zona amplia para definir y ejercer el poder revolucionario en la sociedad, hacia una escisión entre un Estado cada vez más burocratizado, centralizado y verticalista frente a una sociedad de multitudes, grupos, movimientos e individuos que aún tendrían suficientes pilas para mantener encendida la llama de la Revolución.
En esta hora, se asfixiaría toda conciencia crítica en el posible escenario de la praxis política si hubiese que explicar esta lógica desde la ambivalencia de un temor libidinal de un inmenso movimiento de masas que tiene el derecho y la capacidad de decir lo que no está dicho y de una razón de Estado que visualiza y legitima este silencio compartido, con temor y con temblor, frente al peligro y la amenaza siempre urgente del imperialismo externo y la contrarrevolución interna en cada punto del espacio-nación. Pero aun así sería una ingenuidad creer que la crisis de nuestra nación no pasa por la psique individual y el imaginario cultural colectivo; que estas instancias no tiene en absoluto una centralidad en el análisis de nuestra situación: la peculiaridad de los mecanismos psíquicos de supervivencia, los hábitos perceptivos y la dinámica culturales en términos de conductas reactivas y preactivas, así comportamientos residuales y compensatorios.
Esta cuestión psicocultural, vinculada al deseo y a la supervivencia, no se resuelve con textos eminentes en lengua franca de sociodicea: como decir que el miedo a la libertad en la era moderna de los totalitarismos…, el choteo es la negación de la cultura cubana…, cuya posibilidad de salvar es caminando holgadamente por la rampa etérea hacia el espíritu…, etc. Esta analítica del deseo y del temor, de la murmuración y la autocensura, de las expectativas y las añoranzas, hay que darle su posibilidad de decirnos algo más acá de lo que piensa el cubano frente a la institución social. Es precisamente en los intersticios de nuestra conciencia lúcida y la imposibilidad de superar nuestro temor a la vida y a la muerte, que se tejen y cuajan con más fuerza los pactos invisibles de la sociedad. Es decir, los contratos sociales de los que casi no se hablan, porque son contratos que nadie escribe, ni firma, a fuerza de caer en evidencia el cinismo o la vergüenza: el terror máximo de la buena conciencia.
Los pactos invisibles han tenido una larga historia que sólo ha tributado a que la lógica del corazón no encuentra una razón social más para luchar con esperanza: el síndrome de la decepción. El problema central en términos de psique y deseo, que enfrenta el socialismo como un programa político de amplia demanda participativa para la objetivación de una nueva dinámica social basada en la autogestión y planificación colectiva, la cooperación y la socialización ampliada del poder, la propiedad y los saberes; como una opción social para hacer praxis política tanto en la dimensión micro como en la macro, radica en que no se hace sólo con cifras y razonamiento procedimental, sino que hay contar en cada caso y para cada cosa con lo que realmente siente, quiere y piensa el sujeto: más razón para comprender la necesidad de una democracia participativa ampliada. No se trata de una discusión ontológica en el sentido que el proyecto soluciona el problema de la libertad y la necesidad, o una cuestión romántica en tanto que el alma aspira a lo Real; sino del socialismo como un programa político que define a una sociedad de mando democrático y colectivo: de autogobierno y autoinstitución.
La batalla que hoy enfrenta este pueblo es tanto política como cultural, en la que se definirá las posibilidades de preservar un nacionalismo de resistencia. Su premisa de doble hoja, a saber, la definición nacionalista y poscolonial al luchar contra toda hegemonía imperialista, y la definición democrática y emancipadora al darle continuidad al proyecto socialista, también se afirma en la capacidad que los hombres y mujeres de esta patria martiana tengan de hacer una lectura ética y política de su propia realidad. La cuestión, por supuesto, no está sólo en hacer una mera lectura de los pasajes ínfimos de nuestra vida cotidiana, como cuando escuchamos un cuento de Pepito y sonreímos, o cuando vemos a la nueva clase de los ricos pasearse en sus pulcros autos y sus hijitas anoréxicas haciendo ruido con sus celulares por los pasillos de nuestros centros escolares. Sino en la capacidad de narrar nuestra saga histórica en la multiplicidad de sus procesos y sus acontecimientos, ver sus efectos de corto, mediano y largo alcance en el devenir de la construcción de la nación.
La necesidad de la supervivencia de la Revolución Cubana sólo es un imperativo ético y un ideal constitutivo, si la continuidad del proyecto socialista es una exigencia política de millones de cubanos que les cabe por derecho propio la gestión de la sociedad. Por tanto, es clave la revalorización de este proyecto en el marco del sistema mundial capitalista, y a favor de la construcción de una sociedad que ha padecido un desgaste sistemático desde hace casi dos décadas en los aspectos político, económico y cultural.  Ya no somos el pueblo de hojas y servidumbre de hace un centenar de años, que se les persuade con consignas histéricas y fábulas esópicas. Nunca nos ha pasado por la mente aceptar la historia como una fábula fruitiva: resuelta desde su principio. De hecho, la Historia de nuestra Nación se descongela y se vuelve a articular en la historia de nuestro municipio y de la región, y en la historia del sistema-mundo capitalista. Ella misma no puede continuar cargando con los grilletes de la guerra fría y el estanco del tabaco; con la invención postsocialista de un Gran Hermano y un Enemigo Común, la invención colonial de una Sociedad de Favores y Lealtades, ni la invención poscapitalista de una narración centenaria que bascula entre los fantasmas de una República mediatizada y una Revolución emancipada.
Somos una generación que ha crecido bajo el impulso utópico de las narraciones que fundaron esta revolución: el relato épico del sujeto heroico, el evangelio pedagógico del sacrificio y la humildad y el panfleto modernista del intelectual comprometido y del buen trabajador. Hemos crecido a la sombra y a la luz del relato romántico del pueblo valiente y aguerrido, uniformado y combativo. También bajo el relato de la supervivencia histórica de la Revolución ante las amenazas del Gran Enemigo y de los Enemigos del Pueblo.
Hoy, más que Enemigo Común y los Enemigos del Pueblo, lo que se ha multiplicado y reacomodado es una constelación de prácticas antisocialistas, reaccionarias encarnadas en el haber y creer de muchos sujetos e instituciones fuera, pero sobre todo dentro del país. Cuando esta nación se vuelva sobre la pertinente y orgánica interrelación de política interna y política externa, a través de un balance dialogado y consensuado entre los sujetos que se sujetan a la Constitución de la República con el ejercicio real y efectivo del poder popular socialista, estaremos en mejores condiciones de saber cuáles son los verdaderos enemigos de la revolución socialista. En esta vuelta de 180 grados, también descongelar la figura del Gran Hermano en un conjunto de organizaciones y naciones que, a través de procesos de cooperación, negociación y asociación soporten una dinámica de inversión económica, solidaridad política y cooperación cultural convenientes para nuestra nación sin tener que padecer el clientelismo y la dependencia neocolonial. Al modelo de la Guerra Fría, generador de un mimetismo postcolonial, hay que hacerle frente, con una batalla política, económica y cultural de largo alcance en el contexto latinoamericano actual, sin obviar para nada el contexto del sistema-mundo capitalista orquestado por las dinámicas civilizatorias imperiales y regionales. La Revolución Cubana sólo puede preservar el socialismo si también potencia efectivamente que cada sujeto partícipe del proyecto social sea miembro efectivo desde su puesto de debate y combate, de la seguridad del estado político de la sociedad en su conjunto. De tal modo que no exista una burocracia protegiendo sus propios intereses desde la capitalización del poder revolucionario frente a los intereses del pueblo trabajador, ni divida ni confunda las fuerzas revolucionarias a través de una retórica oportunista y el cinismo de la mala conciencia.
Hay algo que urge para la reproducción ampliada de una praxis socialista constituyente en la carne y la sangre de la nación, es precisamente el rescate de la dimensión ética del socialismo. Recuperar esta dimensión ética implica repensar un conjunto de prácticas que van desde el inmovilismo y el cinismo hasta el sexismo y el racismo visceral que ha generado esta acumulación capitalista en manos de la nueva burguesía y de una burocracia gerencial. La cual respira y suspira a pulso de manos con una juventud inexperta y afiliada, por el pulmón de un neoliberalismo fronterizo, articulado a través de una imaginería electrónico- mediática y un sistema de privilegios sociales adquiridos e incuestionados. ¿Cómo hacer este rescate sin recurrir a estas grandes narraciones tal y como se articularon en su origen, y que han padecido un paulatino y progresivo desgaste simbólico? Repensar la ética en el socialismo significa partir de las causas que llevaron a la crisis de la ideología marxista y nacionalista de la Revolución Cubana, a la ruptura de los ideales, y al vaciamiento de sentido de muchos contenidos específicos de la hegemonía revolucionaria.
Hoy sabemos que una clase dominante y opresiva no es sólo un grupo social que defiende sus propios intereses sobre la base de una hegemonía que cristaliza en la ideología clasista de los grupos dominantes, sino que esta clase en determinadas condiciones históricas, pasa a ser la guardiana y garante de los pactos invisibles de la sociedad y se integra a sí misma dentro de la sociedad como un grupo privilegiado. De ahí viene el aura del poder, en aquellos que “tienen” el Poder y, por tanto, la necesidad revolucionaria de desauratizar la política, en aquellos que “hacen” la Política. El proceso de socialización del poder dentro del marco de un socialismo democrático, procuraría destruir esos pactos invisibles y sustituirlas por alianzas políticas, económicas y culturales extensamente visibles y palpables para la propia sociedad, sobre la base de una continua y ampliada gestión entre diferentes actores de la sociedad civil y las instituciones del Gobierno y el Estado. Sin dudas, la socialización democrática de la propiedad individual y colectiva, la reestructuración socialista del estado y el gobierno, no aparecerá con soluciones trilladas de multipartidismo y reformismo constitucional, ni con la privatización de la pequeña propiedad privada capitalista a lo largo y ancho del país.
Este sistema plural y cooperativo de alianzas deben estar basadas en la jerarquización compartida y escalonada, la cooperación intersectorial, el fortalecimiento de las estructuras organizativas y directivas de la municipalidad y la localidad; la reducción del poder militar y su cooperación con los poderes civiles; la permanente coordinación de trabajo de mesa y de campo sobre la base de consejos entre los profesionales, trabajadores, intelectuales y los poderes ejecutivos y legislativo de las administraciones públicas, y otros factores de la sociedad civil; la constitución efectiva de las alianzas interasociativas; la refuncionalización de las organizaciones históricas de la sociedad cubana; la reestructuración de los organismos centrales del Estado; atendiendo especialmente a la reducción de la burocracia, la reformulación de la estructura de mando, la coordinación interministerial y su correspondiente reactivación dentro de un marco de descentralización cooperativa y autogestionaria vinculada a una centralización escalonada y oblicua. 
Sólo un movimiento de masas populares y trabajadoras puede acceder a una relación desinhibida con el poder cuando se incluye dentro de un sistema de relaciones de propiedad, de producción, distribución y consumo, además de relaciones de intercambio simbólico en el que evidentemente no le queda más remedio que ser un partícipe y artífice efectivo de la sociedad que el mismo vive. Una relación desinhibida con el poder, es decir, una efectiva ganancia participativa en las relaciones de poder y de saber, que le permiten al sujeto adoptar posiciones, aportar ideas, comprometerse con la comunidad y tomar decisiones de corto, mediano o largo alcance en el espacio real de la sociedad, no significa para nada una relación libre de conflictos, contradicciones e insatisfacciones.
En una sociedad cuya trama social esta pautada por determinadas condiciones de posibilidad y de existencia para la emergencia, cristalización y consolidación de un nuevo tipo de relaciones de producción y reproducción de la vida como exige el socialismo, hay que sistematizar un régimen de acontecer y expresión de los múltiples sentidos de la multitud dentro de un orden que rechace la prohibición castrante de la praxis deseante, la moralización ocultante y oportunista, y la tabuización temática. Una revolución se efectúa en todos los aspectos de la vida de los sujetos, en todas las estructuras de la vida de la sociedad. Una revolución social que intente anclar en la transformación de la vida de los hombres sólo es posible si también se practica en el orden de la sensibilidad, de la sensualidad y la sexualidad; si se practica en la posibilidad real de organizar y articular el tiempo existencial de los sujetos dentro del tiempo social en función de optimizar un equilibrio entre las necesidades y las libertades que configuran su existencia. Aparece en el orden de los juegos, las modas y los diseños; en los modos de apropiación de los saberes, en el campo de la educación y la enseñanza tanto en familia como en la escuela: una revolución se hace de manera total dentro de una sociedad, o no se hace.
Frente a la hegemonía de la “nueva clase protoburguesa”, diseminada y rearticulada en los grupos sociales más susceptibles y emergentes de la sociedad, hay que revitalizar una contrahegemonía cultural revolucionaria de resistencia, a partir de la socialización de un imaginario crítico ejercido fundamentalmente por los grupos intelectuales, profesionales y estudiantiles, en vínculo con los sectores populares emergentes que se saben afectados por el status quo. Es por esto que la ideología constituye el nudo gordiano de la configuración de la hegemonía revolucionaria.
La ideología no es solo un sistema de representaciones como imaginó Marx, desde una filosofía reflexiva y activa del sujeto autoconsciente; no es sólo una totalidad ideal que se objetiva en una conciencia de clase frente a otra conciencia de clase, cómo concibió Lenin. La ideología funciona como una concepción del mundo que el sujeto vive, una visión del mundo que penetra en la vida práctica de los hombres y es capaz de animar e inspirar su praxis social. Un sujeto constituyente, y la sociedad misma, sólo puede pensarse desde el momento en que la ideología es ya una fuerza histórica productiva y reproductiva de la historia y la cultura dentro de un sistema complejo de relaciones de saber y de poder. Es la trama imaginaria, que se articula a través de mapas mentales, nociones, creencias e imágenes que se configuran en la experiencia de los sujetos, generando comportamientos, saberes y verdades específicos. Cómo diría Althusser, la ideología proporciona a los hombres un imaginario para comprender el mundo y un régimen moral para guiar sus prácticas. A través de la ideología, los hombres toman conciencia de sus conflictos vitales y luchan por resolverlos. Determinados programas nocturnos en la televisión, la clase de un maestro, la experiencia cotidiana de vivir con el aguijón de la doble moneda pendiendo como una espada sobre el estómago, más que un consigna estampada a todo color en una valla de gran formato o los gritos de histeria ideológica de algún que otro periodista en el noticiario, constituyen puntos de anudamiento donde los individuos tejen las creencias, expectativas y concepciones que poco a poco van a sedimentar una manera de relacionarse con su sociedad. 
Nosotros los cubanos, especialmente las nuevas generaciones, la única ventaja que tenemos como sujetos frente al mundo y favor de éste, es que ya no necesitamos pasar por la experiencia del capitalismo -ni siquiera es necesario la voluntad de un fantasma libidinal represivo desde la práctica discursiva de una ideología nostálgica- ni tampoco perpetuar a conciencia un socialismo de Estado que está dando a término en nuestro propio suelo. Frente a esto, lo único digno que queda es una responsabilidad individual y colectiva tremenda: apoderarnos de nuestra revolución en favor de una verdadera producción ampliada y cada vez más consciente del socialismo como praxis democrática y libertaria. Esta responsabilidad lleva a cuestas, una multiplicidad de desafíos.
Si la revolución cubana, como peregrina de la experiencia socialista quiere sobrevivir, debe buscar un filón político que se tendrá que abrir paso por entre las macroestructuras históricamente practicables de un populismo radical vinculado a un comunismo de trinchera, de un capitalismo neoliberal de baja intensidad (constitución de un Estado mínimo y una pléyade de agrupaciones y asociaciones que sustituirían la sociedad civil socialista en el marco de una nación hiper-atomizada al estilo de las democracias euro-orientales), y de un capitalismo de Estado de bienestar, en manos de una tecno-burocracia en la que se depositaría todo el esfuerzo y la voluntad política de un pueblo que ha vivido medio siglo bajo la esperanza y la constitución de una sociedad socialista.
El problema de base que presenta el socialismo como la puesta en práctica del poder revolucionario- que sólo es real si, en una perspectiva de sociedad en paulatino e integral desarrollo sociocultural, se convierte en poder constituyente de los sujetos- en favor de una transformación global y liberadora de la sociedad, implica la cuestión misma de los límites de ese poder revolucionario en mano de los sujetos partícipes del proyecto. La definición democrática del poder revolucionario, de por sí indefinible, no radicaría en el derecho a juzgar a la Revolución, y tampoco en sacrificar nuestra dosis de libertad pública y personal a favor de una unidad ideológica monolítica e incuestionable; sino en la capacidad de hacer la revolución entre todos, sobre la base de una conciencia política crítica -y ampliada en la base de la sociedad- que aprenda a y pueda definir sus posibilidades y límites.
El proyecto socialista en su larga historia anegada de fracasos, fantasmas y pesadillas; sin embargo, con cuantiosas y valiosas experiencias positivas para la acción, no puede continuar esperando en el banco de la decepción y la derrota. No puede hibernar ni en el mundo de Sofía, ni de Utopía; a la espera de una planificación cibernética fundadas en programas y carpetas sin resguardos antivirales, o de una techné política de alta definición, incontrastable por sí misma con el mundo de las doxas y las cosas, la vida pública y los múltiples sentidos que a la misma vida nosotros damos. Esta es y será su verdadera bancarrota.
Estamos, sin dudas, en un camino donde la inmensa mayoría del pueblo cubano continúa marcándole los pasos, con una voluntad política colectiva y revolucionaria, al hecho mismo de hacer nuestra revolución, y quizás en este instante con más fuerza y fe. Todo parece indicar, por así decirlo, en esta hora, que a la generación de nuestros padres y abuelos, les corresponde sostener el curso de la historia en este presente de tal modo que el pasado sea una frontera discontinua y crítica, mientras a nuestra generación, la de esta hora y la de nuestros hijos, nos queda sostener ese mismo presente con el recurso de la cultura, en favor del futuro que todos queremos.


El socialismo cubano: el debate de la nación

La democratización de una sociedad no puede darse sin una amplia base participativa en los procesos de socialización de los medios de producción y de consumo, de los instrumentos específicos y orgánicos de saber para cada quien, de los medios y estructuras de legislación, administración y la toma de decisiones. La democratización no hace referencia a un tipo de democracia consolidada, en el sentido de un procedimiento que ha de partir de una relación negativa con los organismos socio-económicos que han aparecido en la historia. Ella constituye el auténtico régimen político de una sociedad donde la esfera de lo público se convierte en un espacio real y virtualmente dinámico, abierto e incluyente que pertenece a todos, o en potencia puede pertenecer a todos: está efectivamente abierta a la participación de todos. 
La democracia en un socialismo democrático es su contenido político por excelencia: ese socialismo tiene hoy el reto más grande de su historia: mostrar a través de su propia encarnación la capacidad histórica para dialogar con un complejo mundo en la era de la globalización, signado por la diferencia cultural y el pluralismo ideológico-cosmovisional en el sistema- mundo capitalista.
El fantasma insoportable de la tradición socialista no radica, en el temor libidinal que supone la toma del poder político, ni en la violencia fundadora de la revolución y tampoco en la teoría del partido obrero vinculado a la dictadura del proletariado y el centralismo democrático. Radica en la incapacidad política e históricamente comprobada de no lograr en el sistema que funda una existencia no-represiva y realmente efectiva en cuanto desenvolvimiento de la heterogeneidad social. ¿Cómo es posible que el socialismo histórico haya tenido siempre un currículum político en que se ha priorizado apagar las fuerzas democráticas y revolucionarias que ella misma engendra? Esto es precisamente el movimiento de la reacción existente en una sociedad que continúa funcionando capitalísticamente. El socialismo histórico no generó ningún modelo ni práctica alternativos en cuanto a qué hacer en el momento que la revolución produce una generación que al mismo tiempo la niegue y la afirme, cuando aparezcan en el proceso fuerzas revolucionarias que están dispuestas a continuar el proyecto social socialista.
en Cuba esta discusión debería aterizar, quizás superando las múltiples barreras existentes en el plano de la ideología. Puesto que esta discusión si quiere ser problematizadora, y de paso aportar a solución de los problemas, no le cabe sino de aquirir la capacidad de ejercer una articulación dialéctica de lo local y lo nacional, donde los elementos del municipio se convierten también en la base de mando, administración y participación efectivos de la Nación. Las múltiples causas que traban la cosa política radican en un conjunto de prácticas políticas que han tomado cuerpo de ley no escrita y de estructuras de organización que se han tornado totalmente inoperantes para la dinamización de la sociedad. No es sólo la burocratización de las estructuras Partido, Estado y Poder Popular, sino también la burocratización de las demás organizaciones de la sociedad civil, los organismos de dirección y administración del Estado. Es la creciente despolitización de las organizaciones civiles y de masas, asociadas a un conjunto de prácticas inmovilistas y antiintelectualistas.
Nuestro pueblo no exige únicamente que los medios de comunicación masiva ejerzan una crítica de la sociedad. Los medios masivos de información debe convertirse en medios efectivamente públicos, culturales y democráticos capaz de informar conocimientos y saberes, al tiempo que también se convierten en espacios informativos y propositivos del poder comunal, del poder popular y del poder político manifiesto en sus organizaciones, asociaciones y sectores diversos de la sociedad. Debe consolidarse un espacio de debate crítico y sostenido, de socialización de todos los debates colectivos promovidos por el propio Gobierno, pero también por el pueblo. En la televisión, como la radio, las publicaciones, debe existir una participación democrática en el sentido de que participen libre y orgánicamente todos los sectores de la sociedad y todas las áreas especializadas y pertinentes. El espacio de los medios de comunicación social, conjuntamente con los espacios culturales de publicaciones, debates y conferencias se deben convertir en zonas de acceso global a la información sobre la situación nacional e internacional sobre la base de una pluralidad de métodos y saberes. Entre la doble moneda y la doble moral, entre los bajos salarios y los altos precios, la exaltación desmedida y servil por parte de los cubanos dentro y fuera de las instituciones a los extranjeros frente a la discriminación a los propios cubanos, entre la alta demanda participativa en el espacio de la economía -y la política- y la creciente restricción por parte de las estructuras de dirección de la sociedad, el cubano se debate a sí mismo y en sociedad para garantizar un mínimo de dignidad humana en condiciones de supervivencia.
Las estrategias de lucha cotidiana para burlar las cuerdas restrictivas del poder estatal y las estructuras represivas del poder imperial han reconfigurado y modificado no sólo la infraestructura de esta sociedad sino también su cultura espiritual y eticidad política. No hay nada más insólito desde un punto de vista político y moral, para la comprensión de la Revolución Cubana, que ver como un pueblo, entregado conscientemente al sacrificio colectiva e individualmente; y, sobre los pasos y sobresaltos de decenios de rectificación y evolución, permanecer aún en un sistema socioeconómico de exclusión y desocialización de las relaciones de propiedad y de producción, de sustracción de un poder popular participativo en clave democrática, y para colmo, depender cuasi-absolutamente de la bondad indubitable e infinita de un Estado providencial y asistencial en franca crisis.
Lo que el pueblo demanda, comprometido consigo mismo, con la vida personal que cada uno de nosotros tenemos como sujetos reales y una vida colectiva que llevar y resolver entre todos, no es más que la inclusión efectiva y la socialización democrática de las relaciones de propiedad y producción, de poder real y  de conocimiento, sobre la base de una revisión crítica y profunda del funcionamiento estructural de la sociedad cubana. Las prácticas hipercentralistas, inmovilistas, dirigistas, populistas, tribunarias y voluntaristas, exigen una transformación del estado político de la sociedad civil, de cómo los gobernantes y los gobernados se vean las caras en la esfera pública y se distribuya el poder sobre la base de la responsabilidad y el deber colectivos.
Las problemáticas son múltiples: pero lo importante es cómo resolverlas y quién las resuelve. De todos modos es válido mencionar algunas, que ni siquiera son las más importantes: la falta de participación real de los trabajadores y el pueblo en la discusión de los problemas y la toma de decisiones en todos los niveles de la sociedad. La ausencia del debate popular de este mismo pueblo en torno a las reflexiones políticas sobre documentos concernientes a la vida política y económica nacional que emergen de la misma base social y no solo los que se firman desde los buróes del poder central, en el espacio ampliado de la prensa, la radio y la televisión cubanas. La imposibilidad de que intelectuales cubanos realmente comprometidos con el proyecto socialista de la nación puedan publicar y socializar el conocimiento para la propia sociedad; que éstos y el conjunto de los demás trabajadores de la nación poder hablar con una máxima transparencia sobre las plurales dinámicas del proceso socio-histórico de la Revolución Cubana. La anulación de determinadas posiciones intelectuales y populares en general, a partir de predeterminadas -y muchas veces dudosas- posiciones oficiosas. La imposibilidad de un diálogo real y sostenido, de una discusión seria y serena, basada en el análisis científico combinado con las lógicas plurales de los saberes populares, entre los intelectuales y profesionales de la nación y los políticos encargados de la administración y la dirección colectiva de la sociedad.
Tales problemáticas constituyen trabas muy graves que están postergando la profundización y concretización del socialismo en Cuba. Un proyecto de esta magnitud tiene que ponerse en vivo y en directo en la escena pública, no puede diferirse en un porvenir próximo sin pasado reciente. Tales problemáticas, el pueblo cubano, las piensa y las discute, quiera o no quiera; porque en una sociedad tan porosa y compleja como la nuestra, con un alto grado de cultura política revolucionaria, es imposible pasar por alto algo tan importante como el destino de la nación.
Mientras no hablemos de un socialismo realmente practicable en la praxis individual y colectiva de los sujetos, porque debe su existencia a un inmenso movimiento de múltiples sujetos que se hacen capaces  de soportar un proyecto de sociedad con su carne y su sangre, no podemos tampoco darle luz larga a la utopía revolucionaria sostenida dramáticamente por el socialismo real en sus 150 años de proyección y realización histórica. El socialismo realmente existente solo puede realizarse a través de las fuerzas utópicas en la imaginación política y poéticas de las gentes, de la capacidad crítica y de las estrategias constructivas de los saberes científicos y populares. Tendría que ser capaz de remover toda la tierra sedimentada, reconstruir las fallas dislocadas, recultivar los campos baldíos, trazar nuevas medidas en la configuración de nuevos mapas que no se hagan jirones en las manos de un emperador, para asaltar nuevamente el cielo en el siglo XXI.
La revitalización del proyecto socialista pasa por la cuestión básica de la toma del poder político como capacidad real de gestión social y cultural de los trabajadores e intelectuales, es decir, por la capacidad real y efectiva de ejercer el poder con autonomía individual y autonomía colectiva en un marco de relaciones democráticamente socialistas. En la Cuba de principios del siglo XXI, esto significa efectuar concretamente la transferencia democrática, paulatina y cogestionada en el marco de una negociación pacífica y dialógica entre el Estado y la sociedad civil, del poder cuasi-estático y cosificado de la burocracia congestionada y el poder concentrado y dolarizado de la tecnocracia gerencial hacia las manos de los trabajadores, obreros y campesinos, y los intelectuales, profesionales y estudiantes de nuestra nación.
Pero esta transferencia devenida en paso afirmativo no de una transición “democrática” hacia el capitalismo, sino de una transformación socialista propia de una revolución permanente, no puede, y de hecho, no va a ser sólo una garantía exclusiva del liderazgo histórico de nuestra Revolución. Mucho menos de otros que, detentando el poder, no tienen el mínimo interés en efectuar un cambio más profundo en la socialización democrática y participativa que exige nuestro proyecto de sociedad. Se trata más bien de una lucha constante, cotidiana, dolorosa, que efectúen estos mismos sujetos, los que han perdido y tiene mucho que ganar, los que han sido vencidos, pero van ganado conciencia de porqué han sido vencidos, los que tienen y ganen el suficiente capital simbólico para comenzar a intervenir en un espacio público en formación. De una lucha con el mínimo de resentimiento, pero con toda la valentía y el tino que se pueda, para practicar de nuevo una revolución desde abajo, y desde arriba, y en todos los quicios, rincones y espacios que han sido asfixiados por aquellos que creen, o sencillamente practican, el poder político como arte de la dominación, y no como praxis constitutiva de una autonomía colectiva e individual en clave socialista.  

  Η ΕΛΑΦΡΙΑ ΠΝΕΥΜΑΤΙΚΟΤΗΤΑ ΤΗΣ ΕΝΣΥΝΕΙΔΗΤΟΤΗΤΑΣ   Μετά από μερικούς αιώνες προοδευτικής εκκοσμίκευσης, ταχύτατης προσαρμογής των περισσό...