8/20/2018


Antítesis


Para quien no se conforma existe el peligro de que se tenga por mejor que los demás y de que utilice su crítica de la sociedad como ideología al servicio de su interés privado. Mientras trata de hacer de su propia existencia una pálida imagen de la existencia recta debiera tener siempre presente esa palidez y saber cuán poco tal imagen representa la vida recta. Pero a esa conciencia se opone en él mismo la fuerza de atracción del espíritu burgués. El que vive distanciado se halla tan implicado como el afanoso; frente a éste no tiene otra ventaja que la conciencia de su implicación y la suerte de la menuda libertad que supone ese tener conocimiento. El distanciamiento del afán es un lujo que el propio afán descarta. Precisamente por eso toda tentativa de sustraerse porta los rasgos de lo negado. La frialdad que se tiene que mostrar no es distinta de la frialdad burguesa. Incluso donde se protesta yace lo universal dominante oculto en el principio monadológico. La observación de Proust de que las fotografías de los abuelos de un duque y de un judío resultan a cierta distancia tan parecidas que nadie piensa ya en una jerarquía de rangos sociales toca un hecho de un orden mucho más general: objetivamente desaparecen tras la unidad de una época todas aquellas diferencias que determinan la suerte e incluso la sustancia moral de la existencia individual. [Reconocemos la decadencia de la cultura, y sin embargo nuestra prosa, cuyo modelo fue la de Jacob Grimm o Bachofen, se asemeja a la industria cultural en giros de los que no sospechamos. Por otra parte hace ya tiempo que no conocemos el latín y el griego como Wolf o Kirchhoff.] Señalamos el encaminamiento de la civilización hacia el analfabetismo y desconocemos cómo escribir cartas o leer un texto de Jean Paul como debió leerse en su tiempo. Nos produce horror el embrutecimiento de la vida, mas la ausencia de toda moral objetivamente vinculante nos arrastra progresivamente a formas de conducta, lenguajes y valoraciones que en la medida de lo humano resultan bárbaras y, aun para el crítico de la buena sociedad, carente de tacto. Con la disolución del liberalismo, el principio propiamente burgués, el de la competencia, no ha quedado superado, sino que de la objetividad del proceso social constituida por los átomos semovientes en choque unos con otros ha pasado en cierto modo a la antropología. El encadenamiento de la vida al proceso de la producción impone a cada cual de forma humillante un aislamiento y una soledad que nos inclinamos a tener por cosa de nuestra independiente elección. Es una vieja nota de la ideología burguesa el que cada individuo se tenga dentro de su interés particular por mejor que todos los demás al tiempo que, como comunidad de todos los clientes, sienta por ellos mayor estima que por sí mismo. Desde la abdicación de la vieja clase burguesa, su supervivencia en el espíritu de los intelectuales —los últimos enemigos de los burgueses— y los últimos burgueses marchan juntos. Al permitirse aún la medicación ante la nuda reproducción de la existencia se comportan como privilegiados; mas al quedarse sólo en la meditación declaran la nulidad de su privilegio. La existencia privada que anhela parecerse a una existencia digna del hombre delata esa nulidad al negarle todo parecido a una realización universal, cosa necesitada hoy más que antes de reflexión independiente. No hay salida de esta trampa. Lo único que responsablemente puede hacerse es prohibirse la utilización ideológica de la propia existencia y, por lo demás, conformarse en lo privado con un comportamiento no aparente ni pretencioso, porque como desde hace tiempo reclama ya no la buena educación, pero si la vergüenza, en el infierno debe dejársele al otro por lo menos el aire para respirar.

Minima moralia, Theodor Adorno

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